Esa imagen
de rey viajaba conmigo desde la infancia, no coronas de joyas ni estética de ambigüedad
sexual, la imagen del rey que era el mejor guerrero, el más sabio, filósofos
chinos, espadas en sus vainas hasta el último momento, honor y gloria, para
siempre no como concepto sino como forma de vida. Héroes y gallardos que
ostentaban su gloria personal de encontrarse a si mismos y sus caminos eran
alamedas de mujeres que les revelaban un secreto. Si competía conmigo era
hombre de fiar: me gané la guerra tantas veces a mí mismo que el brillo no fue
jamás algo evitable. Caminaba con una estrella a los lugares más oscuros y recogía
flores, flores que no existen, flores que crecen sin ni siquiera conocer al
sol. Luchaba con dragones, que en realidad eran pequeños cocodrilos que
deambulaban en los sectores más lóbregos y solitarios de la gran ciudad, amaban
el oro y amaban igualmente una simple billetera. No necesito hablar mucho, la
gente siempre piensa que la estoy analizando. La ropa y las joyas me gustan porqué
me gustan, nada tienen que ver en como me veo. Las palabras precisas para ser amado
o para ser odiado: los términos medios y las incertidumbres son para
fracasados, para los que se desconocen a sí mismos y tiene tantas máscaras que
ni ellos mismos se reconocen. Muchos quisieron robarme las estrellas, algunos
contrataron a mafiosos que me amenazaban con mantener mi tristeza, algunas arpías
que cantaban en mi baño para después inundar mi casa y escapar moreteadas por
los golpes contra los muebles, algunos piratas que ofreciéndome una mísera
parte del botín querían mi sumisión absoluta y mi falta de cuestionamiento, y
sólo se tropezaron con una piedra fuliginosa que los arrojó a quinientos años
luz, al pasado que pertenecen (malheridos, por cierto)…
5/27/2013
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