12/08/2013

La estoy mirando a los ojos. Hacía dos años atrás que la deseaba de esta manera. Pero, por ese entonces, no tenía clara la certeza de que era algo completamente mutuo. 
Ella era una buena amiga de mi esposa. En el hospital donde laburábamos era de esas colegas que siempre estaban dispuestas a sustituirte en el turno más ingrato, puesto que la soltería, ciertamente, tiene varias ventajas. 
Cuando iba hasta mi casa a ver a mi mujer para comentar la contingencia de que son capaces de percibir como importante las mujeres, hablaban de temas tan trascendentales como “lo bien que le sentaba ese corte de pelo al mozuelo futbolista” o “lo gorda que se veía la anoréxica esposa del presidente con ese vestido blanco”. Al observarlas conversar me daba la impresión de que esa mirada lasciva que me penetraba las pupilas, cuando mi mujer iba hasta la cocina a buscar más aceitunas para aderezar su Martini, era sólo mi perversa imaginación jugándome más malas pasadas respecto a ella.
Yo, inocentemente o sea inconscientemente, trataba con los eufemismos más elaborados de darle siempre a entender que si ella, por alguna razón sinsentido o por alguno de esos caprichos en los incurren espontáneamente los hijos de la luna, alguna vez, en algún momento cualquiera, tuviese el impulso de la mojada ansiedad de sentir entre su peluda entrepierna, un pedazo de venosa carne humana, no dudase jamás en contar con este servidor.
No obstante, cuando ella se acercaba a mí, con mi bella señora de testigo, solía tratarme como quien trata a un niño con serios problemas de cognición.
Nunca pensé qué pudiese, ahora, estar mirándome así.
La estoy mirando a los ojos. Ambos sabemos que acabamos de firmar el contrato con Satán trimegisto, y es inevitable que nuestras almas desemboquen tras este río de pasión en el mismísimo infierno. Es casi, por ende, una obligación para nosotros, en este momento, dejar fluir a sus ansias a cualquiera de las bestias que primitivamente representan el límite de lo salvaje que puede llegar a ser la reproducción de un macho alfa con hembra lúbrica.
Nos besamos con las lenguas grotescamente afuera de las bocas, sin escatimar en la abundante cantidad de saliva que chorrea. El ver los espumosos hilos de baba mezclada, que coronan sus pezones haciéndoles brillar, me hacen apretarle las tetas de manera tal que no puede hacer nada más que emitir un chillido de dolor, que a pesar de ser placentero (según lo que logro apreciar en su mirada) le genera el acto reflejo de morderme los labios hasta hacérmelos sangrar.
A mi también me duele, pero no puedo evitar disfrutarlo.
La tomo de la melena (en este momento recuerdo que no le dije lo bien que le sentaba la chasquilla) violentamente. Hago que su nuca se incline hacía su hermosa y fina espalda tatuada, cuando la veo sometida con los ojos blancos y la ancha boca abierta como un grito, aprovecho de echarle un escupo en la lengua. Ella lo saborea cual si se tratase de una vasija de nutella.
Sola se arrodilla. Y queda frente a frente con el ojo lloroso de mi pene. Por su actitud y su teatro se podría interpretar que es una devota novicia de car con la sublime posibilidad de darle un beso a su deidad.
Introduzco toda mi virilidad en su amplia boca. La campanilla al inicio de su tráquea le hace cosquillitas a mi glande. Le lloran los ojos de tanto atragantarse y se le corre el maquillaje. Al ver esa lágrima negra recorriendo su mejilla, no puedo hacer nada más que levantarla y tirarla en la cama. Y ahora yo me coloco de rodillas, era es mi diosa. Mis motudos bigotes y sus bellos vellos conforman una negra selva en la que se alzan las melodías de sus quejidos. Le separo los labios con dos dedos y hago que mi boca alterne lamidas con succiones en el capuchón de su clítoris. 
Está tan mojada. Creo que incluso acaba de mearse. Y eso me calienta mucho más. Salto como un perro poseído por algún demonio griego y me le monto encima y la penetro con tanta rapidez que sus suspiros cesaron unos segundos eternos volviendo muda su boca abierta, justo antes de dar un feroz grito.
Me roso con ella. Ambos nos movemos como en una danza en que las manos participantes no pueden dejar de estar en las nalgas del otro. Ella me empuja hacía adentro como queriéndome introducir entero en las profundidades de su sexo. Yo siento un fuego mojado friccionándome las inflamadas venas de mi miembro.
De pronto, abruptamente, impredeciblemente, ella para su sabrosa contorsión como si nada, se pone dura como un cadáver al sol y me empuja lejos de su cuerpo cual si fuese un idiota profanador. Me mira a los ojos: su mirada es la de un diablo y me dice “apuesto a que tu mujer jamás te ha hecho esto” y se abre de piernas con un espasmo de funámbulo, toma con médica frialdad mi pija entre sus manos y se la mete por el culo haciendo que su rasposa estreches estimule más mis ganas de explotar.
Se menea y en sus vaivenes aprovecha de poner toda su palma sobre los labios menores de su concha. Se toca hasta eyacular… Y yo al verla, con los ojos blancos y la cabeza dada vuelta, con todos sus musculos retorcidos, los dedos de los pies exageradamente separados y todos los nervios de su piel sumamente contraídos, no puedo hacer más nada que pintar de albo invierno el callejón final de su intestino grueso.
La estoy mirando a los ojos, suspira y me dice “lo siento, no debimos haber hecho esto” pero ya es demasiado tarde para arrepentimientos. Me baño en su ducha azul, me visto y me coloco unas gotas de perfume, le digo “Hasta mañana” porqué, según Nietzsche, la vida es un circulo vicioso.
Esa necesidad imperiosa de –competir- que aflora casi naturalmente en la chusma desclasada, en un terreno de abstracciones determinadas por la televisión gamberra, donde ni siquiera está involucrado el personal deseo del participante; y más bien, es una cultura capitalista y nefasta la que determina al ganador y al perdedor de esa batalla: es el escenario de la siguiente narración.
Se encontraron entre tanta gente que deambula insomne, en el centro de Santiago,  un par de conocidos, antiguos compañeros de liceo público. De esos que pasaban diariamente uno al lado del otro pero qué ni siquiera tenían la cortesía de decirse –buenos  días-
Ambos iban de frente al oleaje de la rutina cotidiana del obrero, a trabajar para producir su subsistencia, y decidieron postmodernamente, en honor a la “especial” ocasión, pues habían transcurrido diez años desde la última promesa del educador, llamar por teléfono hasta sus empleos y decirles a sus jefes que estaban “enfermos” solamente para quedarse el uno con el otro y hablar.
Uno de los amigos, al cual por razones prácticas que dejen completamente clarificado el nivel de vulgaridad (en el sentido de lo –predecible- y  -común- que puede llegar a ser un ser humano) llamaremos simplemente como –Juanito-, vestía un jeans de una conocida marca. Una polera ordinaria de un color fluorescente, también  de esa marca Norteamericana reconocida por su sobreabundante y exitosa publicidad, y unas zapatillas con el mismo logo que se destacaba grotescamente en el pecho estampado de su camiseta. De no haber sido porqué los deprimidos y automáticos movimientos que lo desplazaban desde la casa al trabajo y desde el trabajo a la casa, denotaban que era un ser vivo, perfectamente habría sido confundido con un maniquí de una tienda, ya que en cada escaparate de mall de la ciudad, había un muñeco vestido exactamente igual que él.
El otro amigo, era tan pobre que ni siquiera conocía el nombre de los diseñadores que hicieron su ropa. La ropa Americana que estaba en su closet, haciendo que su habitación fuera aún más fea, lo determinaba fehacientemente en la pirámide social. Y más aún, si a algún transeúnte se le hubiese preguntado por las personas que pasaron a su alrededor en el lapso de un minuto, hubiese reconocido, en imagen, a una gran cantidad de sujetos, pero no a este personaje. Y por ende, para ser justos y tiernos con la pellejería, le daremos el reconocimiento de haber sido popular por su enorme capacidad de pasar desapercibido, y ser tan insípido como un fantasma. Lo llamaremos simplemente Teodoro.
Teodoro y Juan, conocían el mismo bar, tenían historias en común, a pesar de que sus familias se esforzaban por ser de Derecha y “surgir”, o sea, tener un  televisor con más pulgadas. Ambos eran lóbregos parias, sólo que uno tenía menos dignidad que el otro a la hora de ponerle precio a su existencia; y por eso era más respetado, en el pueblo, que el otro.
Juan le dijo a Teodoro:
-Cómo te va viejo querido?!- (“viejo” era una expresión del argot de la clase alta).
-Bien pues, Juanito, no me quejo, por lo menos tengo pan y cebolla-
-Cebolla? Eso provoca mal aliento-
-No culiao, sólo quiero decir que estoy bien, que estoy igual que siempre-
- Ah! no entiendo esas expresiones.- Replicó Juan.
-En serio, culiao?, parece que no te acuerdas de tu hermana.
-Me da tanta vergüenza venir hasta acá, ¿qué dirían mis compañeros en la oficina?---Mira, hombrecito, las cosas cambian siempre para mejor, nuestro padre era un borracho. Encuentro irrisorio que hagas, hoy por hoy,  caso de sus consejos.
Mírate!
Sabes que yo estoy mejor que tú!
Me dicen: -Usted-
Mi señora,
las niñas,

es súper bueno ese colegio, ese colegio de monjas.-

Perdida

He abandonado el blog
sus impresiones biográficas.
he abandonado los poemas
de todas las noches, he abandonado
un par de sueños,
pues de húmedos resfriado siempre me traían
y creo que me hago viejo,
vivo muchos años en un año: soy como un perro,
con la diferencia de qué
cuando me patean muerdo y arranco
y jamás pongo la otra mejilla
 a no ser que se trate de sado.
He abandonado las ganas de abandonar la bebida
¿Qué sentido tiene el mundo sin la risa?
No puedo no caerme feliz sobre el pasto del parque
¿por qué todo lo que amo es un problema?
Los rebaños me enferman aún más,
y no quiero ser de esas ovejas
que acribillan transeúntes en días de furia.
He abandonado la confrontación,
he educado involuntariamente muchos soldados,
 jóvenes soldados que tienen más fuerza que yo,
y que abren los caminos a pedradas y palabrotas,
me he dedicado a caminar sobre pétalos de rosas,
he perdido ese pudor de saber que soy tan idiota…
Me gusta el confort de descansar hedonistamente
entre los pies de una cualquiera.

He perdido la batalla pero jamás perderé la guerra.